Today was a "P.S: I love you" movie day...
Crying, crying, crying.
23 de noviembre de 2009
17 de noviembre de 2009
Flash back
Esto de estar en la facu en primer año con 24 años es… raro. Tengo un grupo de amiguetes, que nos unió el vicio, y nos mantenemos juntos por gusto. Cuatro chicos y yo. Uno tiene mi edad, los otros tres son niños de 19, aunque reconozco que no lo parecen.
Hoy, en un mini recreo inventado por nosotros entre clase y clase, tuvimos una conversación idiota, como casi todas las que tenemos. Introduje el tema cine, F contestó con música, J aportó con risa contagiosa, C elevó la conversación y P se limitó a esbozar su sonrisa anteojuda. Tuve un gran momento. Paso a explicar.
De repente me teletransporté a mi primer año de Tea. Cuatro chicos y yo. Edades invertidas esta vez. P y yo con 18, los otros tres arriba de los 23. Las conversaciones eran las mismas, igual de idiotas. Pero yo me encontraba en posición opuesta. No sabía nada de la vida. Ojo, que no es que ahora sepa mucho. Pero, por suerte, no me siento ya esa nena tarada que se reía de los chistes irónicos sin entenderlos –me costó un par de meses entender las idas y venidas de A y D en aquella cafetería- . Ahora vi tantas de esas películas freekies que hasta puedo recomendarlas, y no decir “no, no la vi” y pensar que ese miércoles había ido al cine con mis viejos a ver Troya. Ahora tengo grupos de música que realmente me gustan. Puedo hablar de varios estilos pedorros y criticar al heavy con fundamento. En aquel entonces no hacía más que recibir discos de D y aprender de lo que tenían que decir sobre ellos.
Como se verá, puras estupideces aprendí desde los 18. Un poco de cine, de música, de humor irónico y de periodismo claro, ahora tengo aprender algo de filosofía, supongo.
En fin, que lo que quería contar es que ahora tengo un grupete muy parecido al que tuve alguna vez en Tea. Es… raro, pero está bueno porque como los roles han cambiado, ya sé como funciona la mecánica de grupo y no hay errores por cometer –claro, había que traer los errores a relucir, sino no sería yo la que escribiera-.
Hoy, en un mini recreo inventado por nosotros entre clase y clase, tuvimos una conversación idiota, como casi todas las que tenemos. Introduje el tema cine, F contestó con música, J aportó con risa contagiosa, C elevó la conversación y P se limitó a esbozar su sonrisa anteojuda. Tuve un gran momento. Paso a explicar.
De repente me teletransporté a mi primer año de Tea. Cuatro chicos y yo. Edades invertidas esta vez. P y yo con 18, los otros tres arriba de los 23. Las conversaciones eran las mismas, igual de idiotas. Pero yo me encontraba en posición opuesta. No sabía nada de la vida. Ojo, que no es que ahora sepa mucho. Pero, por suerte, no me siento ya esa nena tarada que se reía de los chistes irónicos sin entenderlos –me costó un par de meses entender las idas y venidas de A y D en aquella cafetería- . Ahora vi tantas de esas películas freekies que hasta puedo recomendarlas, y no decir “no, no la vi” y pensar que ese miércoles había ido al cine con mis viejos a ver Troya. Ahora tengo grupos de música que realmente me gustan. Puedo hablar de varios estilos pedorros y criticar al heavy con fundamento. En aquel entonces no hacía más que recibir discos de D y aprender de lo que tenían que decir sobre ellos.
Como se verá, puras estupideces aprendí desde los 18. Un poco de cine, de música, de humor irónico y de periodismo claro, ahora tengo aprender algo de filosofía, supongo.
En fin, que lo que quería contar es que ahora tengo un grupete muy parecido al que tuve alguna vez en Tea. Es… raro, pero está bueno porque como los roles han cambiado, ya sé como funciona la mecánica de grupo y no hay errores por cometer –claro, había que traer los errores a relucir, sino no sería yo la que escribiera-.
24 de octubre de 2009
12 de octubre de 2009
Secretos.
Me encanta irme a dormir después de haber llorado mucho. Es como sumergirse en agua tibia y dejar de respirar. Es un sueño profundo, pesado. Los ojos se sienten realmente cerrados. No se ve nada, nada de nada, ni esa especie de luz fluorescente suele aparecer en la oscuridad. El cuerpo se hunde entre las sábanas. En mi caso, hecha un bollito, con las piernas contra el pecho y los brazos retorcidos. Cocun me dice D.
Hablando de D. Recuerdo que cuando tenía unos 18 años hablaba con una de mis amigas acerca de la fantasía sexual que practicaríamos cuando por fin fuésemos activas en el tema. La suya era algo así como en el cine, atrás de todo, a escondidas pero que la vieran de reojo. La mía era en la ducha. Estar bañándome y que llegara él y me hiciera el amor en la ducha.
Me acordé de esto viendo Friends en el capítulo de la Princesa Leia. Pues hacer el amor en la ducha es demasiado incómodo. No me gusta para nada y dejó definitivamente de ser una fantasía. Reconozco que me decepcioné bastante cuando lo probé y no resultó nada bueno. Creo que tendría que probar la bañera, ¿no? Puede que sea más cómodo que la ducha.
Hablando de D. Recuerdo que cuando tenía unos 18 años hablaba con una de mis amigas acerca de la fantasía sexual que practicaríamos cuando por fin fuésemos activas en el tema. La suya era algo así como en el cine, atrás de todo, a escondidas pero que la vieran de reojo. La mía era en la ducha. Estar bañándome y que llegara él y me hiciera el amor en la ducha.
Me acordé de esto viendo Friends en el capítulo de la Princesa Leia. Pues hacer el amor en la ducha es demasiado incómodo. No me gusta para nada y dejó definitivamente de ser una fantasía. Reconozco que me decepcioné bastante cuando lo probé y no resultó nada bueno. Creo que tendría que probar la bañera, ¿no? Puede que sea más cómodo que la ducha.
3 de octubre de 2009
PS: I Love You
Otra vez. La misma película, la misma película que sé que me hace llorar, la pongo. La pongo y la verdad es que no tengo ganas de mirarla, pero la pongo igual. A llorar. Cinco minutos y a llorar durante dos horas. Sin parar. Labio superior hinchado, ojos achinados y garganta seca. Basta. Dejá de llorar.
Creo que es la película más triste del mundo. Termina bien, obvio, pero sigue siendo la película más triste del mundo. Encima te hace pensar en que si te pasa a vos, te morís. Te morís de angustia. Yo me moriría de angustia. No podría levantarme nunca más de la cama. Lloraría las 24hs del día y, seguramente, luego de un mes terminaría tomando miles de pastillas para dormir y no tener que levantarme a llorar jamás. Qué horrible. Es la película más horrible del mundo. Es asquerosamente triste. Claro, encima los actores son desagradablemente divinos. Ella es media tarada, nunca me la banqué. Pero él es un amor… y el nuevo él es más comestible todavía. El acento irlandés, demasiado tentador. Qué asco. Qué asco de película. La odio. La voy a odiar siempre. La voy a seguir odiando pero también la voy a seguir viendo siempre que tenga ganas de llorar, obvio.
Creo que es la película más triste del mundo. Termina bien, obvio, pero sigue siendo la película más triste del mundo. Encima te hace pensar en que si te pasa a vos, te morís. Te morís de angustia. Yo me moriría de angustia. No podría levantarme nunca más de la cama. Lloraría las 24hs del día y, seguramente, luego de un mes terminaría tomando miles de pastillas para dormir y no tener que levantarme a llorar jamás. Qué horrible. Es la película más horrible del mundo. Es asquerosamente triste. Claro, encima los actores son desagradablemente divinos. Ella es media tarada, nunca me la banqué. Pero él es un amor… y el nuevo él es más comestible todavía. El acento irlandés, demasiado tentador. Qué asco. Qué asco de película. La odio. La voy a odiar siempre. La voy a seguir odiando pero también la voy a seguir viendo siempre que tenga ganas de llorar, obvio.
29 de septiembre de 2009
First Day At School.
El primer día de universidad es… raro. Por lo pronto llegué demasiado temprano. Con el miedo de los horarios de los buses, me levanté a las seis, tomé el 33 a las 6.30, combiné y a las 7.20 estaba en la facu. La primera clase era las 8.30. Estaba todo cerrado, era de noche y hacía frío. Me sentí tonta.
A las 8 me tomé “una manchada” y fui a la puerta del aula 1.1. Ya había algunos compañeritos. Los compañeritos… jajajajaja. Algunos hippies, algunos nerds, dos o tres normales –no intentemos definir “normales”, gracias-.
Primera materia, perdón, primera asignatura, Historia de la Filosofía antigua I. Interesante. Los griegos siempre fueron mis preferidos y me sentí entusiasmada. Enloquecí un poco cuando el profe dijo que su clase iba de 8.30 a 11hs. Enseguida miré el horario y eso no podía ser verdad. De serlo, no llegaría a cursar todos los créditos estipulados y la carrera se me alargaba unos cuantos años más. No, tiene que estar equivocado. Estaba, por suerte.
Segunda asignatura, Antropología general I. ASCO. Cuando cursé antropología en la UBA me aburrí mucho. En aquel entonces tenía a una loca a mi lado, Antonieta, que me hacía las clases un poco más amenas. Ahora no tengo ni una sola Antonieta, ni Antonia, ni Antonela y Ana. En fin, creí morir. La profe, buena onda, por suerte. Pero cuando empezó a explicar lo que iríamos a ver durante el cuatrimestre, bostecé. Cambié de posición varias veces, subí las piernas, las bajé, de costado, de frente, contra el respaldo… nada, todo era aburrido y prometía mucho, mucho, mucho sueño. Ya para el final dio algunas ideas copadas y me tranquilicé un poco. Los antropólogos tienden a ser bastante amenos y presentan su especialidad con bastante entusiasmo. Gracias.
Ah. Me olvidaba. Los pupitres son asquerosamente incómodos. Mesas alargadas, inclinadas hacia el alumno, lo que insita al boli a caerse con asiduidad. Las sillas son duras y el respaldo golpea con la mesa de atrás, lo que genera un desagradable dolor de espalda cuando uno intenta recostarse un poco y apoyar la espalda.
La salida es abrumadora. Lleno de gente por todos lados. Lleno de gente joven. Me sentí vieja, sí, me sentí adulta en comparación a los recién salidos del bachillerato.
Secretaría, caótica. Mucha cola, muchos de nosotros buscando la misma información a la misma hora. Mañana abre a las 9hs, a las 10hs salgo de la primera clase y hasta las 11hs no vuelvo a entrar dado que el del Lógica no vendrá –porque tiene un no se qué en no se dónde-. Tendré hora y media para hacer la cola de la secretaría, calladita, sin hablar con nadie porque, por raro que parezca, me da vergüenza.
A las 8 me tomé “una manchada” y fui a la puerta del aula 1.1. Ya había algunos compañeritos. Los compañeritos… jajajajaja. Algunos hippies, algunos nerds, dos o tres normales –no intentemos definir “normales”, gracias-.
Primera materia, perdón, primera asignatura, Historia de la Filosofía antigua I. Interesante. Los griegos siempre fueron mis preferidos y me sentí entusiasmada. Enloquecí un poco cuando el profe dijo que su clase iba de 8.30 a 11hs. Enseguida miré el horario y eso no podía ser verdad. De serlo, no llegaría a cursar todos los créditos estipulados y la carrera se me alargaba unos cuantos años más. No, tiene que estar equivocado. Estaba, por suerte.
Segunda asignatura, Antropología general I. ASCO. Cuando cursé antropología en la UBA me aburrí mucho. En aquel entonces tenía a una loca a mi lado, Antonieta, que me hacía las clases un poco más amenas. Ahora no tengo ni una sola Antonieta, ni Antonia, ni Antonela y Ana. En fin, creí morir. La profe, buena onda, por suerte. Pero cuando empezó a explicar lo que iríamos a ver durante el cuatrimestre, bostecé. Cambié de posición varias veces, subí las piernas, las bajé, de costado, de frente, contra el respaldo… nada, todo era aburrido y prometía mucho, mucho, mucho sueño. Ya para el final dio algunas ideas copadas y me tranquilicé un poco. Los antropólogos tienden a ser bastante amenos y presentan su especialidad con bastante entusiasmo. Gracias.
Ah. Me olvidaba. Los pupitres son asquerosamente incómodos. Mesas alargadas, inclinadas hacia el alumno, lo que insita al boli a caerse con asiduidad. Las sillas son duras y el respaldo golpea con la mesa de atrás, lo que genera un desagradable dolor de espalda cuando uno intenta recostarse un poco y apoyar la espalda.
La salida es abrumadora. Lleno de gente por todos lados. Lleno de gente joven. Me sentí vieja, sí, me sentí adulta en comparación a los recién salidos del bachillerato.
Secretaría, caótica. Mucha cola, muchos de nosotros buscando la misma información a la misma hora. Mañana abre a las 9hs, a las 10hs salgo de la primera clase y hasta las 11hs no vuelvo a entrar dado que el del Lógica no vendrá –porque tiene un no se qué en no se dónde-. Tendré hora y media para hacer la cola de la secretaría, calladita, sin hablar con nadie porque, por raro que parezca, me da vergüenza.
19 de septiembre de 2009
Discusiones.
Cuando me enojo mucho con D. hago todas las cosas que le molestan. Empezando por fumarme un cigarrillo a media tarde, mientras él está dando vueltas por la casa.
Se acuesta a dormir y me pongo a ver series en la compu a su lado, a todo volumen. Cuando termino, si ya está dormido, tiro de la sábana, porque yo también quiero sábana, sabés. Los portazos ayudan también. La del placard, el cajón medio abierto se cierra de golpe y la puerta de la habitación golpea fuerte dejándolo atrás.
Tomar mate sola es medio aburrido, pero está bueno igual, sobre todo si no hay con quien compartir. El olor al primero es inexplicable. Me transporta, lejos. Lo bueno de hacerlo sola es que puedo tomarlo tibio, como me gusta, sin que nadie diga que debería estar más caliente. Igual, por compartirlo, soy capaz de soportar el agua casi hirviendo.
Cuando me peleo con D tengo que salir de la habitación, porque si él duerme, dan ganas de abrazarlo. En serio. Por más enojo que tenga encima, cuando duerme, me dan ganas de apretujarlo y besarlo con esa barba de unos días que lo hacen más… deseable. Odio pelearme con D.
Se acuesta a dormir y me pongo a ver series en la compu a su lado, a todo volumen. Cuando termino, si ya está dormido, tiro de la sábana, porque yo también quiero sábana, sabés. Los portazos ayudan también. La del placard, el cajón medio abierto se cierra de golpe y la puerta de la habitación golpea fuerte dejándolo atrás.
Tomar mate sola es medio aburrido, pero está bueno igual, sobre todo si no hay con quien compartir. El olor al primero es inexplicable. Me transporta, lejos. Lo bueno de hacerlo sola es que puedo tomarlo tibio, como me gusta, sin que nadie diga que debería estar más caliente. Igual, por compartirlo, soy capaz de soportar el agua casi hirviendo.
Cuando me peleo con D tengo que salir de la habitación, porque si él duerme, dan ganas de abrazarlo. En serio. Por más enojo que tenga encima, cuando duerme, me dan ganas de apretujarlo y besarlo con esa barba de unos días que lo hacen más… deseable. Odio pelearme con D.
5 de septiembre de 2009
A lo primero a lo que uno se acostumbra al llegar a Europa es a no usar el bidet. En serio. Te acostumbras a hacer cacona y a limpiarte la cola sólo con papel higiénico. No es que no haya bidets. Hay. Pero son diferentes a los de Argentina. La lluvia no viene de abajo sino del costado, desde atrás. Y eso no es cómodo, dejame que te explique que no es nada cómodo. Tenés que meter mano y ya para meter mano es mejor usar papel.
30 de agosto de 2009
Changes
Estoy en busca de esos pequeños cambios que le renuevan a uno la vida.
El corte de pelo lo descarto, el verano húmedo es un arma de doble filo, encima lo estoy dejando crecer hace un montón.
Esta noche me voy a pintar las uñas. Cuando llegue de trabajar pienso pintarme las uñas de bordeaux y dejarlas listas para mañana. Mañana me voy por unos días.
El clima está ayudando. El sol se ha escondido desde ayer y eso es un cambio, un gran cambio luego de varios meses de puro calor y cielo despejado.
Siempre que busqué pequeños cambios me corté el flequillo. Que horror. Siempre me arrepentí también. Pero cada vez que necesitaba el cambio, recurría al bendito flequillo. Insisto, qué horror, me queda fatal.
Me voy a quedar con la pintada de uñas. Patético cambio pero sin consecuencias irreparables.
29 de agosto de 2009
Grey
En un días gris todo es gris también. La casa se mimetiza con el clima. La música es triste y el aire refresca. Abandona la humedad, el calor se pierde entre la brisa y el cielo adopta diferentes formas.
El alma descanza, se tranquiliza y pide dormir. Da un respiro, uno profundo que se esconde entre los pulmones y se despide de la vida rutinaria.
El café con canela tiene un gusto diferente. No sofoca, no agobia, genera un disfrute distinto. No hay límites, no hay fronteras que cruzar, sólo un camino sin rumbo, recto o curvilíneo, según los pasos que se quieran dar.
En un día gris, mi sonrisa pierde su rigidez. Es libre.
25 de agosto de 2009
Session - The Second
Las cosas con Ana no salieron muy bien. Cada jueves, porque debía ir todos los jueves, encontraba alguna excusa para faltar. Recuerdo que esos días salía a medio día de la escuela y, después de comer, me iba a dormir la siesta. Tenía que despertarme antes de las cuatro para poder llegar a tiempo y el sueño siempre opacaba mi tarde. Mamá intentaba despertarme con tranquilidad y yo le revoleaba las zapatillas para que saliera de la habitación. Sí, dije antes que estaba peleada conmigo, por ende, con todo el mundo, obvio que con mamá también. Ella decía que me pagaba el taxi para que fuera. Yo me cambiaba con mala gana, lloraba a escondidas y me subía al coche enojadísima. Llegaba a lo de Ana, me sentaba en mi sillón y me quedaba callada los cuarenta minutos. Decía que no tenía ganas de hablar, tampoco nada para contar y ya. Pobre Ana, se la puse difícil. Por momentos me pregunto si se habrá sentido frustrada. Vencida por una nena de quince años con problemas, digamos, mentales.
Como las cosas con Ana no salieron muy bien, como decía, el problema llegó a mayores. Entró Vaghs en el asunto. El jefe de los jefes de la obra social. Tuvimos que ir a visitarlo con mis papás. Quedaba lejos, en capital, y teníamos que ir con el coche. La sede de LS era moderna y a estrenar. Recepcionista, ascensor, escalera, girar a la derecha, pasillo al fondo, recepcionista otra vez y sala de espera, a esperar. Llanto. Mis quince años fueron un mar de lágrimas.
Vaghs era un hombre raro. Me lo había imaginado gigante, en traje y con cara de malo. Resultó ser un enano gordito, simpático pero serio.
Entramos los tres a su consultorio. Era un espacio normal, con un escritorio, su silla cómoda y otras tres o cuatro a disposición de los pacientes. Mis padres a mi lado, yo al medio, con los brazos cruzados, la cara mojada y la mirada perdida en el suelo. Charla con uno, charla con otro, que la nena esto, que la nena lo otro. “Pueden salir ahora”, les dijo Vaghs. Nos quedamos solos. Callados. Que deje de mirarme era en lo único que podía pensar. Que deje de mirarme este enano pelotudo, y que cambie las sillas para los pacientes porque son incómodas. Se lo dije. Le dije que bien podría buscarse unas sillas más confortables porque las que ponía eran patéticas. Me dijo que no me preocupara, que si todo salía bien no tendría que volver a sentarme en ellas jamás.
Las preguntas empezaron y mis lágrimas también. Llegamos a la conclusión de que Ana no era buena para mi y que podía cambiar. Debía sí cambiar de programa. Pensé que quería que apretara el control remoto y pasara de Canal trece a Canal once. No, no era tan fácil. Entraría entonces en el programa acorde a mis problemas y podría cambiar de profesional, pero debía visitar a más de uno. No, yo tampoco entendí. Dijo que ya me acostumbraría. Que ahora tendría que ir un poco más lejos que Blockbuster.
Como las cosas con Ana no salieron muy bien, como decía, el problema llegó a mayores. Entró Vaghs en el asunto. El jefe de los jefes de la obra social. Tuvimos que ir a visitarlo con mis papás. Quedaba lejos, en capital, y teníamos que ir con el coche. La sede de LS era moderna y a estrenar. Recepcionista, ascensor, escalera, girar a la derecha, pasillo al fondo, recepcionista otra vez y sala de espera, a esperar. Llanto. Mis quince años fueron un mar de lágrimas.
Vaghs era un hombre raro. Me lo había imaginado gigante, en traje y con cara de malo. Resultó ser un enano gordito, simpático pero serio.
Entramos los tres a su consultorio. Era un espacio normal, con un escritorio, su silla cómoda y otras tres o cuatro a disposición de los pacientes. Mis padres a mi lado, yo al medio, con los brazos cruzados, la cara mojada y la mirada perdida en el suelo. Charla con uno, charla con otro, que la nena esto, que la nena lo otro. “Pueden salir ahora”, les dijo Vaghs. Nos quedamos solos. Callados. Que deje de mirarme era en lo único que podía pensar. Que deje de mirarme este enano pelotudo, y que cambie las sillas para los pacientes porque son incómodas. Se lo dije. Le dije que bien podría buscarse unas sillas más confortables porque las que ponía eran patéticas. Me dijo que no me preocupara, que si todo salía bien no tendría que volver a sentarme en ellas jamás.
Las preguntas empezaron y mis lágrimas también. Llegamos a la conclusión de que Ana no era buena para mi y que podía cambiar. Debía sí cambiar de programa. Pensé que quería que apretara el control remoto y pasara de Canal trece a Canal once. No, no era tan fácil. Entraría entonces en el programa acorde a mis problemas y podría cambiar de profesional, pero debía visitar a más de uno. No, yo tampoco entendí. Dijo que ya me acostumbraría. Que ahora tendría que ir un poco más lejos que Blockbuster.
24 de agosto de 2009
Speech.
Hoy estoy arta de todo. De todos. No los aguanto más, sepanlo. No me molesten porque no quiero tener que escucharlos más.
Hoy no quiero ir a trabajar. No quiero llegar y tener que ponerme el uniforme molesto. No quiero tener que contar la plata de la caja fuerte. No quiero leer las "páginas verdes" de mierda para enterarme de lo que anda pasando por el hotel. Tampoco tengo ganas de sonreirle a los clientes. No quiero servir cervezas, no quiero hacer más mojitos. POR FAVOR, dejen de tomar ¡putos mojitos! Los daikiris también, claro. Las fresas son congeladas, no saben a nada, ¿no tienen paladar o qué?
No quiero hacer más llaves. ¿Puede la gente dejar de ser taaannnn pelotuda y no olvidarse la llave adentro de la habitación? Y más les vale que hoy ninguno se quede encerrado en el balcón a las once de la noche y me llame la vecina diciendo que su vecino es un idiota que se quedó encerrado en el balcón y hay que ir a abrirle. Y seguro, obvio, más que obvio, que toca la habitación de arriba de todo, a la izquierda, al final del pasillo, la más lujosa, la de gente más pelotuda.
Ah... y lo que más odio... a ver... ¡SUECOS DE MIERDA! No hablo svenska, ¡no hablo su puto idioma! Pero hablo perfecto inglés, osea... hablen en inglés, ¡idiotas! Van a un país en donde se habla español, no pretendo que hablen español, pero ustedes no pretendan que todos hablemos sueco, no, no, no, no, no y punto. Mogolicos.
Gracias.
21 de agosto de 2009
Session - The First
No puedo recordar mi primera sesión de terapia. No puedo. De hecho, no me acuerdo ni como se llamaba la psicóloga. Creo que era Ana. No sé. Lo que sí me acuerdo era que vivía en la calle Vergara. Que para llegar debía tomar el colectivo y bajarme en la avenida a la altura del Blockbuster. Luego tocaba caminar unas cuatro o cinco cuadras. Pasando la esquina vivía, pongámosle, Ana.
Atendía en su propia casa, un chalecito de cuentos, con flores de colores en los canteros, ventanas de madera barnizada, techo a dos aguas y el piso de adoquines. Igual, para el consultorio tenía una entrada aparte. Era chiquito. Ella se sentaba atrás del escritorio y a mi me tocaba el sillón de enfrente. Atrás suyo había un cuadro grande que ponía su nombre y que se había graduado de la Universidad de Buenos Aires. Supongo que eso era bueno.
Ana era rubia. Tenía el pelo lacio, parecía planchado, por los hombros. Algo así como una melenita que se peinaba para el costado. Uno de sus ojos era raro. Más chiquito, o de otro color, o más hinchado, no sé, no me acuerdo.
En aquel momento estaba asquerosamente peleada conmigo, por ende, todo y todos me molestaban. Ana también.
Nunca me voy a olvidar de una de las sesiones en que me animé a llorar. Empecé cuando me bajé del colectivo en la avenida. Estaba escuchando un tema de Nine Days mientras caminaba hacia la casa de Ana. Cuando llegué, estaba empapada. Ana se hizo la que no se daba cuenta.
Me senté en mi sillón y ella en el suyo. Nunca se notaba relajada en su silla. Digo, que nunca se apoyaba en el respaldo, ni se reclinaba, ni estiraba las piernas. Siempre con la espalda bien recta, las piernas cruzadas y las manos en pose de plegaria arriba de las rodillas.
Aquella tarde fue igual, o hasta creo que fue peor. Se la notaba tensa, ansiosa, como que con urgencia necesitaba saber qué era lo que me pasaba. Para mi que ya sabía que la confesión llegaba. Sabía que era el día en el que lo descubriría.
Pero vuelvo a mi entonces, sentada en mi sillón.
Me senté y dejé mis cosas al lado mío. Tomé un almohadón y lo acomodé encima de mis piernas y lo apreté con fuerza. Empecé a llorar otra vez.
Cuando terminaba la sesión –siempre sabías cuándo era porque ella tenía un reloj en el escritorio que las dos podíamos ver- debía pagarle unos cuatro pesos de “copago” y ya podía irme. Aquel día también fue así. Recuerdo que pensé que debía pagar un peso más dado que le había acabado todas las carilinas. En fin, que Ana me acercó hasta la puerta y cuando me dio el saludo normal de despedida, agregó un abrazo de unos tres segundos y me aseguró al oído de que todo iba a salir bien.
Atendía en su propia casa, un chalecito de cuentos, con flores de colores en los canteros, ventanas de madera barnizada, techo a dos aguas y el piso de adoquines. Igual, para el consultorio tenía una entrada aparte. Era chiquito. Ella se sentaba atrás del escritorio y a mi me tocaba el sillón de enfrente. Atrás suyo había un cuadro grande que ponía su nombre y que se había graduado de la Universidad de Buenos Aires. Supongo que eso era bueno.
Ana era rubia. Tenía el pelo lacio, parecía planchado, por los hombros. Algo así como una melenita que se peinaba para el costado. Uno de sus ojos era raro. Más chiquito, o de otro color, o más hinchado, no sé, no me acuerdo.
En aquel momento estaba asquerosamente peleada conmigo, por ende, todo y todos me molestaban. Ana también.
Nunca me voy a olvidar de una de las sesiones en que me animé a llorar. Empecé cuando me bajé del colectivo en la avenida. Estaba escuchando un tema de Nine Days mientras caminaba hacia la casa de Ana. Cuando llegué, estaba empapada. Ana se hizo la que no se daba cuenta.
Me senté en mi sillón y ella en el suyo. Nunca se notaba relajada en su silla. Digo, que nunca se apoyaba en el respaldo, ni se reclinaba, ni estiraba las piernas. Siempre con la espalda bien recta, las piernas cruzadas y las manos en pose de plegaria arriba de las rodillas.
Aquella tarde fue igual, o hasta creo que fue peor. Se la notaba tensa, ansiosa, como que con urgencia necesitaba saber qué era lo que me pasaba. Para mi que ya sabía que la confesión llegaba. Sabía que era el día en el que lo descubriría.
Pero vuelvo a mi entonces, sentada en mi sillón.
Me senté y dejé mis cosas al lado mío. Tomé un almohadón y lo acomodé encima de mis piernas y lo apreté con fuerza. Empecé a llorar otra vez.
Cuando terminaba la sesión –siempre sabías cuándo era porque ella tenía un reloj en el escritorio que las dos podíamos ver- debía pagarle unos cuatro pesos de “copago” y ya podía irme. Aquel día también fue así. Recuerdo que pensé que debía pagar un peso más dado que le había acabado todas las carilinas. En fin, que Ana me acercó hasta la puerta y cuando me dio el saludo normal de despedida, agregó un abrazo de unos tres segundos y me aseguró al oído de que todo iba a salir bien.
19 de agosto de 2009
Días
Es algo así como una mochila pesada, grande y molesta. Me lo dijo el otro día mamá. Fue clara como el agua: "Tené cuidado chiquita, tantas cosas estás cargando en tu mochila que puede que sea tan pesada que no puedas llevarla. Algo tenés que hacer para aliviarla." Fue una de las pocas veces que mamá supo realmente qué decir. De hecho, me ayudó a entender qué era, qué es, lo que está pasando.
Hablando de mamá... Es un amor mamá. La extraño. Debería venir a visitarme. Tengo ganas ya. ¿Me la traes? Gracias.
Necesito reventar. Sí, en mil pedazos. Manchar las paredes, el suelo, las ventanas y a cualquiera que tenga cerca. Debería estallar con fuerza, de esa que sale de adentro y retumba en el cielo. O no. Da igual.
Te regalo la mochila. ¿Quedamos así? Te la dejo adelante de la puerta y vos me la cuidas un rato y, si tengo ganas, por la noche te la busco. Gracias.
7 de agosto de 2009
Es muy loco cuando te persiguen las personas. Sí, te persiguen. Así como quien no cuenta la cosa, las personas que dejás atrás, que creíste que estaban bien guardaditas en el cajón, aparecen como si nada arriba de la mesita de luz, al lado del despertador.
No, no me seduce para nada la idea. No me gusta nada. Nada, ¿entendés? Así que te pido, te ruego, te imploro que hagas tus valijas y que ya no te escondas en el fondo oscuro del cajón, te pido ahora que cruces la puerta, la cierres y que no vuelvas nunca más. Gracias.
No, no me seduce para nada la idea. No me gusta nada. Nada, ¿entendés? Así que te pido, te ruego, te imploro que hagas tus valijas y que ya no te escondas en el fondo oscuro del cajón, te pido ahora que cruces la puerta, la cierres y que no vuelvas nunca más. Gracias.
De mañana
I´m having a rough day. I really hate when it starts in the morning. Suele ser mucho mejor cuando el día cambia a mitad del almuerzo, o de la tarde. Pero odio que empiece tan mal ya desde la mañana. Me pone peor y predispone aún peor. Es, insoportable.
Mis tantos años de terapia me ayudan a “logicalizar” el problema. Busco causas, causas recientes, remotas. Empiezo por el ayer, por la noche de ayer, en la cama, antes de dormir, paso por los sueños y llego al despertar. Nada. Well, it really can be many things, but it´s difficult to chose only one, only one that was so stronge so as to fuck my day as this.
I need a smoke. D is asleep. We all love when he is sleeping and I am in a fucking mood. Why? Because I need a smoke and he hates when I do it.
No es por nada en especial. Es sólo porque me “tranquiliza”, porque me acompaña mientras tomo mate sola como un hongo, porque me adormece y me hace temblar, porque sí, porque tengo ganas y ya.
Smoking smells worst in the morning. I do not know why, but it does. I have to run now, light on a sahumerio, wash my hands, my mouth and get in a very bad mood again because I hate to hide things. I really really really do. It reminds me awfull times when I used to hide many disgastings habits.
No suelo hacerlo de mañana, es la verdad. Desde que llegué a la isla lo hice sólo tres veces. La primera fue en el piso de arriba, mientras escribía un relato pedorro, estando también de muy mal humor. La segunda fue en un café, a las nueve de la mañana, cuando salí del médico, cuando me había enojado mucho con D por pelotudeces y estaba sola, sola como un hongo tomando café en un bar. La tercera fue ahora. Digo que “fue” porque ya lo terminé y no pienso prender otro, no lo necesito.
Me había olvidado de que me hace bien relatar estas estupideces. Tendría que recordarlo cada vez que me enceguezco, salgo corriendo por toda la casa, me tiro de los pelos y termino estrellada en el piso de abajo, luego de haberme tirado por el balcón.
Mis tantos años de terapia me ayudan a “logicalizar” el problema. Busco causas, causas recientes, remotas. Empiezo por el ayer, por la noche de ayer, en la cama, antes de dormir, paso por los sueños y llego al despertar. Nada. Well, it really can be many things, but it´s difficult to chose only one, only one that was so stronge so as to fuck my day as this.
I need a smoke. D is asleep. We all love when he is sleeping and I am in a fucking mood. Why? Because I need a smoke and he hates when I do it.
No es por nada en especial. Es sólo porque me “tranquiliza”, porque me acompaña mientras tomo mate sola como un hongo, porque me adormece y me hace temblar, porque sí, porque tengo ganas y ya.
Smoking smells worst in the morning. I do not know why, but it does. I have to run now, light on a sahumerio, wash my hands, my mouth and get in a very bad mood again because I hate to hide things. I really really really do. It reminds me awfull times when I used to hide many disgastings habits.
No suelo hacerlo de mañana, es la verdad. Desde que llegué a la isla lo hice sólo tres veces. La primera fue en el piso de arriba, mientras escribía un relato pedorro, estando también de muy mal humor. La segunda fue en un café, a las nueve de la mañana, cuando salí del médico, cuando me había enojado mucho con D por pelotudeces y estaba sola, sola como un hongo tomando café en un bar. La tercera fue ahora. Digo que “fue” porque ya lo terminé y no pienso prender otro, no lo necesito.
Me había olvidado de que me hace bien relatar estas estupideces. Tendría que recordarlo cada vez que me enceguezco, salgo corriendo por toda la casa, me tiro de los pelos y termino estrellada en el piso de abajo, luego de haberme tirado por el balcón.
"Estoy disperso... tan disperso como poca mantequilla untada en un pan"
By D. recordando las palabras de Bilbo, ja!
24 de julio de 2009
Preguntame lo que quieras. Preguntá lo que se te ocurra que a todo te voy a contestar lo mismo. Que no. Que no tengo ganas.
15 de julio de 2009
Cuando ves en mi lo que no quieres, sólo estás viendo el reflejo de tu sonrisa entristecida en mi cara.
3 de julio de 2009
Last night
Vi a las chispitas saltar de la parrilla. Las vi desprenderse del carbón y hechar a volar. Las escuché crujir. Las imaginé gritando "viva la patria del fuego" y luchando la guerra contra el agua.
Vi a las chispitas saltar inquietas, las vi perderse en la oscuridad de la noche, las escuché cantar distorcionadas.
Esta mañana estaban sólo las cenizas. Grises y blancas se perdían con el viento, volaron cabisbajas sin sonido alguno.
22 de junio de 2009
Aires
Me paré en una esquina, en una cualquiera, en una de las tantas que se me cruzaban por el camino que elegí sin pensar. El cielo me miraba indeciso. La humedad empezaba a sentirse en los huesos. La primera gota me cayó en la frente.
Me senté bajo un árbol, en la vereda, esperando que la lluvia dejara de intentar mojarme entera. Busqué en el morral y encontré dos cigarrillos. Encendí el primero cuando el viento me concedió unos segundos.
Sentía las gotas caer con fuerza y rebotar en el asfalto. Se me antojaba un café, uno corto con un poco de leche y dos cucharadas de azúcar.
Me vi en el reflejo de una tele inexistente. Vi el humo escaparse de la boca de aquella ilusión. Vi la mirada perdida de esa persona inquieta. La vi salir de la caja gris y sentarse a mi lado. Me pidió el segundo cigarrillo y compartimos el silencio de la lluvia. Me convidó un mate frío y pude ahogar las ganas del café.
Escuchamos juntas al cielo rugir. Lo vimos encenderse a lo lejos y sentimos como lloraba con mucha más fuerza, con muchas más ganas.
Le devolví el mate y la oí decir cuanto anhelaba un café corto, con un poco de leche y dos cucharadas de azúcar.
Las gotas se deslizaban con suavidad por las hojas del árbol que me cubrían del diluvio. El cielo me miró decidido. Dejó de brotar agua por entre sus nubes y pude seguir caminando.
Dejé aquella esquina atrás. A mis espaldas oí como se alejaban pasos inquietos. Cuando giré, vi caer la colilla de ese segundo cigarrillo. La vi apagarse en un charco reciente. La vi hundirse en la humedad del aire.
Me senté bajo un árbol, en la vereda, esperando que la lluvia dejara de intentar mojarme entera. Busqué en el morral y encontré dos cigarrillos. Encendí el primero cuando el viento me concedió unos segundos.
Sentía las gotas caer con fuerza y rebotar en el asfalto. Se me antojaba un café, uno corto con un poco de leche y dos cucharadas de azúcar.
Me vi en el reflejo de una tele inexistente. Vi el humo escaparse de la boca de aquella ilusión. Vi la mirada perdida de esa persona inquieta. La vi salir de la caja gris y sentarse a mi lado. Me pidió el segundo cigarrillo y compartimos el silencio de la lluvia. Me convidó un mate frío y pude ahogar las ganas del café.
Escuchamos juntas al cielo rugir. Lo vimos encenderse a lo lejos y sentimos como lloraba con mucha más fuerza, con muchas más ganas.
Le devolví el mate y la oí decir cuanto anhelaba un café corto, con un poco de leche y dos cucharadas de azúcar.
Las gotas se deslizaban con suavidad por las hojas del árbol que me cubrían del diluvio. El cielo me miró decidido. Dejó de brotar agua por entre sus nubes y pude seguir caminando.
Dejé aquella esquina atrás. A mis espaldas oí como se alejaban pasos inquietos. Cuando giré, vi caer la colilla de ese segundo cigarrillo. La vi apagarse en un charco reciente. La vi hundirse en la humedad del aire.
19 de mayo de 2009
25 de abril de 2009
Cambio de mundo
Se despertó ansioso. Había sido una noche larga, pesada, oscura. El sol recién se dejaba ver por entre los huecos de la persiana rota. El aire fresco que entraba por la ventana lo terminó de despabilar.
Había tanto que pensar, que decidir, que aceptar. Juntó coraje y se levantó de la cama. Se cambió la ropa de cama, tomó café frío y se fue con el morral al hombro.
Era el momento justo, el timing esperado. Si decía que sí, dejaría toda una vida de posibilidades atrás. Si decía que no, perdería la posibilidad de vivir. Parecía que sólo había una respuesta posible. La respuesta que eligió él.
Cuando entró por la puerta del bar estaba ella sentada en la mesa de siempre, de espaldas a la ventana, porque decía que el pasar de la gente la distraía.
Él llegó por detrás, le besó la nuca y se sentó a su lado.
Creo que sí.
¿Crees?
Bueno, no, sí. Sí.
Yo también.
Había tanto que pensar, que decidir, que aceptar. Juntó coraje y se levantó de la cama. Se cambió la ropa de cama, tomó café frío y se fue con el morral al hombro.
Era el momento justo, el timing esperado. Si decía que sí, dejaría toda una vida de posibilidades atrás. Si decía que no, perdería la posibilidad de vivir. Parecía que sólo había una respuesta posible. La respuesta que eligió él.
Cuando entró por la puerta del bar estaba ella sentada en la mesa de siempre, de espaldas a la ventana, porque decía que el pasar de la gente la distraía.
Él llegó por detrás, le besó la nuca y se sentó a su lado.
Creo que sí.
¿Crees?
Bueno, no, sí. Sí.
Yo también.
13 de abril de 2009
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