Estoy un poco desencontrada, ¿perdida? No lo sé. Esto de que vas caminando y sabés dónde llegás pero no tenés idea de porqué lo hacés.
Tengo un montón de cosas que hacer pero ni una pisca de ganas de hacerlas. No llego al punto de “no me importa nada” pero estoy al límite.
Odio pasar tiempo sola. Esto de “aprender a estar solo es el primer paso para estar con otras personas” a mi no me va. No me gusta pasar horas escuchando mi silencio. Odio no tenerte al lado para apoyar la cabeza en tu hombro y empezar a soñar.
En la casa en la que vivo ahora veo la calle por la ventana. Veo la montaña, la gente que pasa caminando, los coches que suben y que bajan, los perros que mean, los urbanos que ponen multas, el sol que desaparece, las farolas que se encienden y mi tiempo que se agota a la vez que mi desesperación crece.
Quiero gritar. Quiero escupir, llorar, arrancarme los pelos de la cabeza. Por cierto, con el pelo largo pierdo más pelo que nunca y tengo que barrer con más asiduidad y sacar con la mano los pelos de la escoba y, que sepas, que eso me molesta mucho.
No me gusta el gusto del té verde. Lo mezclo con té normal para que aplaque un poco ese sabor a nada que tiene y le pongo azúcar para que le de un poco de placer. Dicen que el té verde es bueno para el organismo, entonces, tomo té verde que no me gusta nada.
A este tipo de cosas me refiero cuando te digo que voy porque voy pero no tengo ni puta idea para qué lo hago realmente. –Esta aclaración no tendría que haberla hecho, se supone que si me lees, sabés lo que quiero decir cuando lo digo y entendés a qué me refiero cuando pongo estos ejemplos que nunca explico-. No te digo… ando perdida. PER-DI-DA.
Son las 19:49 y todavía faltan tres horas y media –casi cuatro- para que vuelvas a casa, para que me abraces y me mientas cuando te pregunto si me extrañaste. Odio que te guste estar sin mi.


0 conejos blancos:
Publicar un comentario