22 de junio de 2009

Aires

Me paré en una esquina, en una cualquiera, en una de las tantas que se me cruzaban por el camino que elegí sin pensar. El cielo me miraba indeciso. La humedad empezaba a sentirse en los huesos. La primera gota me cayó en la frente.
Me senté bajo un árbol, en la vereda, esperando que la lluvia dejara de intentar mojarme entera. Busqué en el morral y encontré dos cigarrillos. Encendí el primero cuando el viento me concedió unos segundos.
Sentía las gotas caer con fuerza y rebotar en el asfalto. Se me antojaba un café, uno corto con un poco de leche y dos cucharadas de azúcar.
Me vi en el reflejo de una tele inexistente. Vi el humo escaparse de la boca de aquella ilusión. Vi la mirada perdida de esa persona inquieta. La vi salir de la caja gris y sentarse a mi lado. Me pidió el segundo cigarrillo y compartimos el silencio de la lluvia. Me convidó un mate frío y pude ahogar las ganas del café.
Escuchamos juntas al cielo rugir. Lo vimos encenderse a lo lejos y sentimos como lloraba con mucha más fuerza, con muchas más ganas.
Le devolví el mate y la oí decir cuanto anhelaba un café corto, con un poco de leche y dos cucharadas de azúcar.
Las gotas se deslizaban con suavidad por las hojas del árbol que me cubrían del diluvio. El cielo me miró decidido. Dejó de brotar agua por entre sus nubes y pude seguir caminando.
Dejé aquella esquina atrás. A mis espaldas oí como se alejaban pasos inquietos. Cuando giré, vi caer la colilla de ese segundo cigarrillo. La vi apagarse en un charco reciente. La vi hundirse en la humedad del aire.