Está como en su casa. Está en su casa y se siente dueña del mundo. Se siente dueña de mi, dueña de mi otra vez. No. Que sepas, querida, que otra vez no.
Se vio en su espejo amigo. Colgado en mi cuarto, en mi pared, arriba de mi mesa de luz. Se vio en su espejo amigo y se reconoció.
Con su sonrisita maligna me miró con ganas. Con ganas de volver a arrastrarme de los pelos por toda la habitación. De empujarme contra el placard, de pegarme patadas y reirse hasta cansarse.
Amagó, que lo sepás que amagó. Se apareció atrás mío. Vino caminando despacio, tratando de que no la escuchara, de que no pudiera verla hasta tenerme tan cerca como para poder tirarme al piso empezar la guerra.
Ahora estoy más atenta, querida. Ahora tengo más fuerza y esta vez no vas a poder.
De un piedrazo, con tantas ganas y con tanto placer. Con una piedra le rompí el espejo en la cara, le rompí a su espejo amigo y la esuché gritar. La escuché gritar como grité yo tantas veces mientras ella me reventaba las costillas a patadas. Vi el reflejo de su mirada en un pedazo de espejo roto. Lo pateé y se estalló contra la pared.

