28 de julio de 2008

Hoy, por hoy de hoy

No me gusta la noche, pero creo que tampoco el día.
Me retracto, me gusta la noche, me gusta el cielo oscuro y el silencio nocturno. Si bien es un tanto solitaria, con el tiempo se aprende a adaptarse y a dejarse llevar por sus sombras.
El día me agobia. Su luz intensa, los sonidos cruzados sin pausas y ese calor constante que se pega en el cuerpo y te moja la ropa. Ni bien empieza ya dan ganas de que termine. Que la luna patee al sol y que lluevan estrellas explosivas. Que el tiempo se pare, que el mundo se calle y que el viento recorra las avenidas desoladas.
Creo que voy a cambiar mis hábitos.

Que me pinchen con un alfiler, gracias.

Me siento como un globito, un globo rojo, grande, deforme, lleno de gases tóxicos a punto de explotar. Así me siento, como si no fuera nada más que aire, aire denso dentro de un gran trozo de goma gruesa, goma roja que rechina cuando le pasás el dedo presionando a lo largo.

Una porquería de noche solitaria.

Se despertó en la misma cama en la que se había acostado. Le dolía la cabeza sin razón alguna, pero había también un dolor aparentemente nuevo en su cuerpo. Resultó ser una sensación conocida, una sensación que hacía rato ya no saboreaba.
Él estaba a su lado, durmiendo como un nene chiquito. Una cara de inofensivo, sincero y enamorado. Parecía mentira que hubiera sido capaz de engañarla, de cambiarla y dejarla sola en una vida pensada para dos.
Él había llegado una tarde ya con las lágrimas en los ojos. Ella no tardó en darse cuenta qué era lo que le pasaba. Casi no tuvieron que hablarse. Las lágrimas se multiplicaron, ahora eran dos llorando, llorando por una despedida eterna de la vida más bella.
La siguiente reacción fue violenta. Los gritos ensordecieron la habitación. Los interrogantes tiraron platos y los silencios agotaron salivas. Se golpeó la puerta de entrada y el sonido del llanto desgarrador agrietó las paredes. El corazón partido en dos, tal cual la cursi metáfora de una atontada canción romántica.
Las lágrimas le mojaron la almohada y se le abrieron los ojos con lentitud. Esa punción en el pecho seguía comprimiendo sus pulmones, sacándole el aire y derrumbándole la vida que había estado construyendo durante los últimos años.
Despertate… despertate y decime que seguís acá, que no te vas a ir más.
Estoy acá y no me voy, amor. Tranquilizate. ¿Fue otro sueño?
Sí. El mismo de siempre.

17 de julio de 2008

Una carta cursi al amor de la vida.

¿Se puede acaso extrañarte en tan poco tiempo? Parece tan ilógico, tuvimos tanta práctica que un día y medio de distancia suena a rompecabezas de salita de cinco, ¿no?
Alguna vez te lo dije. Cada vez que te subías a un bus o a un avión desaparecía una parte de mi. Me faltaron los dedos, una pierna, un pulmón y el corazón. Qué sensación tan cruel, tan criminal.
Decenas de despedidas con llanto salado y mocos pegajosos. Tanto odio por perderte y esa tristeza fría que me retorcía el estómago con ferocidad. Una herida tras otra para llorar tu ausencia, para clamar tu llegada y rogar cada noche por encontrar la manera de despertar cada mañana a tu lado.
Días enteros desesperada. Esa angustia pesada que me sacaba llagas en la lengua, que me acalambraba los músculos y me obligaba a pasar una vida de negro.
Hoy lloro porque no te tengo, hoy lloro porque sé que mañana llegás y no te vas nunca más.

5 de julio de 2008

Inconciente

Una lágrima seca. Una lágrima seca marcada en su mejilla. Ella dormía de costado y la lágrima le firmaba la cara con tristeza onírica. Aún así, su tez emanaba tranquilidad, una mueca izquierda en su boca dejaba entrever su dulzura innata. ¿Cómo podía acaso aquella soñar desdichas y llorarlas con inconciencia?
Algo quería mostrar su mente. Su alma le hablaba de noche, su alma lagrimeaba de madrugada y pintaba su cara con gotas saladas.