Se puso los lentes y se sentó en el balcón en esa silla azul incómoda que se repetía en cada lugar de la casa. Los cigarrillos en mano y ningún encendedor cerca. Odiaba perder los encendedores. Tenía un montón, pero en el momento que los buscaba, nunca aparecían.
La cocina era eléctrica. No había entonces cerillas. Mierda. En los cajones de la sala, nada. En la mesa de luz, nada. En la canasta debajo de la mesa ratona, nada. A ver, ¿dónde pusieron el encendedor, señores, dónde? Le tocó bajar a comprar, a encontrar algo abierto, a pedir fuego, a generarlo.
En el bar de la esquina encontró algunos borrachos que lo ayudaron. Le salvaron la vida, le salvaron los nervios.
Volvió a su casa y cambió el aire del balcón y la silla dura azul por el sillón cuadriculado, más cómodo, más acolchonado.
El mantelito de la mesa ratona combinaba con el tapizado de la sala. Coincidencia, porque él no lo había comprado con esa intención. Pura casualidad.
El cigarrillo se le había consumido y sólo había disfrutado dos pitadas. Tocaba encender otro, tocaba usar otro de los tres fósforos que le habían salvado la vida, que le habían salvado los nervios.
La cocina era eléctrica. No había entonces cerillas. Mierda. En los cajones de la sala, nada. En la mesa de luz, nada. En la canasta debajo de la mesa ratona, nada. A ver, ¿dónde pusieron el encendedor, señores, dónde? Le tocó bajar a comprar, a encontrar algo abierto, a pedir fuego, a generarlo.
En el bar de la esquina encontró algunos borrachos que lo ayudaron. Le salvaron la vida, le salvaron los nervios.
Volvió a su casa y cambió el aire del balcón y la silla dura azul por el sillón cuadriculado, más cómodo, más acolchonado.
El mantelito de la mesa ratona combinaba con el tapizado de la sala. Coincidencia, porque él no lo había comprado con esa intención. Pura casualidad.
El cigarrillo se le había consumido y sólo había disfrutado dos pitadas. Tocaba encender otro, tocaba usar otro de los tres fósforos que le habían salvado la vida, que le habían salvado los nervios.

