Si es que de salir, no sale nada. ¿Nada? Nada. Pierdo la costumbre y se apaga la lamparita. Lo que me lleva a pensar que esto de escribir no es lo mío. Uno, muchas veces, vive un sin fin de ilusiones coloridas. Que quiero ser esto, que quiero ser lo otro, que yo hago bien esto y mal lo otro. Pufffff. Cuántas pelotudeces que se me han pasado por la cabeza durante estos últimos años de búsqueda personal. Ojo, que todavía no tengo muchas cosas claras, eh. Igual, festejo que la cosa se esté poniendo más linda de lo que yo esperaba. Pero, de todos modos, falta mucho. Me falta mucho, mucho, mucho.
Me aburro. Me aburro de la vida y me cambio la remera para verme puesto algo nuevo. No siempre es suficiente.
Hoy me bajaron de un hondazo de una manera horrible. Una de mis nuevas compañeras de trabajo, Teresa, una española muy maja -una señora/mamá/esposa con todas las letras- que vive a media cuadra del depto que alquilo, me traía del trabajo cuando una amena charla surgió entre las dos. Ya cada una conocía un poco de la historia de la otra dado que cierta chispa amigable se había creado desde el primer día. Resulta, entonces, que a mi se me dio por empezar una frase con el famoso “vos no digas nada que esto no lo sabe nadie…” GRAVE ERROR. La señora Teresa me pegó un gritito delicado de “No me cuentes, no me cuentes”, a lo cual le siguió una disculpa y un discurso de que cada uno tiene sus problemas y que mejor es saber cuanto menos mejor de la gente con la que se trabaja.
Hielo. Sí, la verdad que Tere me dejó helada. Ojo que yo tampoco iba a contarle un secreto de Estado pero bue… A ella no le gusta, no quiere y ya.
Cuando me bajé de su coche e iba para casa me sentí mal. Me sentí poco especial. Yo estaba confiando en ella, quería compartir parte de mi, supongo que quería crear cierta especie de laso y ella me lo cortó con una podadora de césped.