La maldita ha vuelto a visitarme. Una vez más se apoderó de mi cama, de mi placard, de toda mi habitación.
Llegó una de las primeras noches en que empecé a trabajar en el hotel. Ella traía un plato repleto de mousse de avellanas en la mano. Me sorprendí al verla, pensé que la había perdido, pensé que me había escondido bien. Enseguida me revoleó aquello por la cabeza y me cortó la ceja. Mi sangre brotó por todo el salón. Ella reía a carcajadas. Ella reía como siempre lo hace, con esa cara de venganza, con esa mirada controladora, con esa sonrisa macabra.
¿Qué si la odio? Claro que la odio. La detesto, la aborrezco y hasta le deseo la muerte. Pero tiene un extraño poder sobre mi. Ella puede lastimarme con una sola mirada, una sola palabra. Aparece y en segundos rompo en llanto. Me quedo sin aire, mi aliento se enfría, mi mente se bloquea y quedo expuesta a su voluntad. Quedo en sus manos cual bebé de pecho. Quedo bajo su mandato, cumplo sus reglas y me entrego sin siquiera detenerme a pensarlo.