29 de diciembre de 2007

Guardián

Calló rodando por la ladera de la montaña. Chocó contra una roca y quedó tumbado de espaldas.
Pasó tres horas inconsciente. Tenía un tobillo quebrado, varias costillas fisuradas y una infinidad de rasguños y cortes superficiales.
A sus pies descansaba un perro, un labrador color negro que iba lamiendo sus heridas, una instintiva manera de curarlo.
El hombre sintió aquella áspera y húmeda lengua en su cara y se despertó desconcertado. Los ladridos alegres terminaron de volverlo en sí. Con dolor pudo reincorporarse. Se sentó y no vio nada conocido a su alrededor. El perro estaba acostado a su lado, con la cabeza apoyada en su pierna, mirándolo desde abajo, con esa tranquilidad de quien a hecho bien su trabajo.
“Gracias babu”, susurró, mientras le agradecía el cuidado con unas cuantas caricias en el lomo.
¿Cómo había llegado hasta ahí?¿Qué hacía él, a media tarde, en el medio de una montaña? Lo último que recordaba era haberse subido al auto gris de su jefe y manejar por la ciudad camino a casa. El semáforo había cambiado de color y no le quedo más que esperar para seguir. Alguien le golpeó la ventana y nada, nada más. Blanco, mente en blanco y un despertar mojado en un bosque frío con un perro desconocido.
El cachorro seguía a su lado. Dormía con tanta tranquilidad que no se animó a moverse por miedo a despertarlo.
La noche llegó con prontitud. El viento soplaba con ganas y los árboles no acababan de resguardarlo de esa fresca brisa que amenazaba con quedarse toda la madrugada. No le quedó más que juntar fuerzas y empezar a caminar.
El perro parecía guiarlo o al menos fue eso lo que quiso creer. Siguió entonces el rumbo que esas cuatro patas que le dejaban, deseando con locura ver alguna señal que pudiera reconocer e indicarle donde estaba.
Caminaron durante toda la noche, caminaron hasta que el sol comenzó a calentarlos y les regaló un poco más de energía para seguir.
El guía se detuvo ante el ruido lejano de un auto acercándose. El hombre corrió entusiasmado, anhelando encontrar a alguien que pudiera ayudarlo. El perro no lo siguió. El perro no hacía más que ladrar enajenado. A los saltos retrocedía y se empeñaba por detener con sus alaridos al hombre que cada vez corría con mayor rapidez.
Una frenada y un golpe seco. Una mujer se bajó de su camioneta llorando mientras invocaba a su dios en distintos idiomas. Caminó hacia el cuerpo que descansaba inmóvil en el asfalto. “Señor, señor, ¿me escucha?” Pero el muerto no podía responderle.
El perro apareció por entre los árboles al costado del camino y se subió al auto. La mujer lo siguió. Sin una sola lágrima, arrancó. “Gracias Mike, no lo pudiese haber hecho sin vos”.

The Pill

La despertó un sueño confuso. Iba caminando por un sendero de ripio. Iba sola, iba a sola a mitad de la noche con la luna alumbrando sus pasos. Era poco lo que podía ver realmente. Algunos árboles a su alrededor y las piedras que pisaba descalza y se incrustaban en la planta de sus pies. Un sonido extraño interrumpía la soledad abrumadora. Un chillido agudo que parecía acercarse con rapidez. Ella miró hacia atrás, buscaba algo, buscaba algo que no sabía que era pero que tenía que encontrar. De un momento a otro, el chillido pareció penetrarle los oídos y una luz amarilla la segó.
Listo. Nada más. Así fue como se despertó de golpe, con una sensación perturbadora, inquieta, confundida, transpirada.
Era la décima noche que debía cambiarse la ropa durante la madrugada como consecuencia de ese sueño inconcluso. Un bosque oscuro, la luna, camino de ripio, una luz amarilla y un sonido agudo. Nada más. Ninguna explicación, ninguna situación diurna que se le asemejase, ningún trauma infantil del pasado. Nada, nada de nada. Por la mañana le contó a su psiquiatra la experiencia pero ninguno de los dos puso descifrar el conflicto.
Esa misma noche, ella pasó por la farmacia y compró una caja de somníferos. Al otro día volvió a despertarse transpirada. Su pijama estaba empapado de sudor pero ella ya no recordaba haber soñado.

20 de diciembre de 2007

¿Tiene que se ahora?

Una sucesión de hechos incontrolables. Un salto de cama, uno de escalera, otro de balcón. Da igual. La sensación es la misma. Una aceleración creciente. El pulso corrido. Un ir y venir de saliva. Apretar los dientes, tratar de atrapar el aire, intentar contenerlo y saborearlo, dejarlo ser.
A mi lado saltan. A tu lado también. Yo me muevo despacio. El tiempo detenido, mi tiempo corriendo a la par de la luz que titubea sin cesar. Aprender a sentirlo, dejarlo recorrer la sangre y contraer cada músculo de ese cuerpo tenso, inquieto, carente de pasividad.
Ahora en la cama. Buscás la relajación, buscás la respuesta a una noche saltarina e incontrolable. Una seguidilla de horas sin tiempo, sin segundos ni minutos. El tacto delicado y tu piel sensible. Los apretones de manos, los abrazos escurridisos y ese oxígeno que se pierde y se consume con el humo que sale de tu nariz.
No preguntes. No hay nada que decir. No te persigas. Yo no busco nada. Yo me paseo tranquila, con esa incertidumbre de siempre, con esas ganas reprimidas y esa sensación necesaria de asfixia inminente. No trates de ser agua, no hay líquidos que te representen, no hay nombre para vos, no hay lugar, ni espacio, ni piso, ni cielo. No queda nada en esta noche de excesos. No queda nada de mi.

18 de diciembre de 2007

De visita

Bueno, a ver. A ver, sí. A ver qué hay por acá, por allá y por ahí. Ahora no encuentro nada, nada de nada. Hacía mucho que no buscaba, es verdad, pero eso no significa que ahora deba condenarme a la espera, a la espera de que la bendita se digne a aparecer.
Ayer creí verla debajo de la mesa, pero cuando me agaché a buscarla, ya no estaba allí. No es cuestión de buscarla demasiado tampoco. Si ella quiere, se muestra, sino, es imposible dar con su cuerpecito escuálido y escurridizo.
Esta noche trataré de llamarla a la inglesa. “Honey, honey, come out, come put, where ever you are”. Espero tener suerte. De todos modos, sé que me conoce bastante, sé que sabe para que la busco. Sé que sabe que lo único que quiero es encontrarla y hacerla desaparecer para siempre.

Soñar contigo

La despedida fue lamentable. Nos encontramos de casualidad, en una plaza cerca de la casa que nunca conocí.
Me saludó con entusiasmo, podría jurar que si no le corría la cara, me hubiese besado. Tuvimos una de esas charlas que se tienen cuando la gente pasa mucho tiempo sin verse. Hola, cómo estás, qué hacés por acá, dónde pasaste el verano, cómo está tu familia, etc. Las preguntas incómodas no podían faltar en su lista. Como era de esperarse, no se las contesté.
Lo acompañé a su casa, me presentó a su familia, conocí a sus hermanas, conocí a su mamá y a su perro.
Quiso mostrarme las fotos del verano y subimos a su habitación. La puerta se cerró de un golpe y él me abrazó con cariño. Mis brazos quedaron al costado de mi cuerpo, él no hacía mas que apretarme con fuerza mientras susurraba en mi oreja lo tanto que me había extrañado y lo mucho que me quería. Mis brazos siguieron inmóviles, mis labios también.
Su otro yo se apoderó de su cuerpo y la ira se esparció por la habitación desordenada. Tuve que escuchar sus gritos, sus quejas, reproches e insultos. Todavía sin hablar, vi algunas de mis cosas en una silla de madera. Abrí mi mochila y junté todo lo que en algún momento fue mío. Él seguía ladrando, fuerte, muy fuerte.
Su madre entró asustada y, al ver la situación, se sumó a las quejas de su hijo y también comenzó a dispararme. Toda una familia desconocida me apuntaba con furia, con ese rencor que sólo puede ser producto de una sarta de mentiras.
Nunca juré amor eterno, ¿verdad? ¿Yo? No, nunca. Dije estar enamorada, eso si es cierto, pero estaba un tanto confundida, ¿no? Claro que él no tenía porque saberlo. De todos modos, creo que uno suele darse cuenta de ese tipo de cosas, ¿no? Los amores verdaderos se reconocen a la distancia, los temporales son algo así como ráfagas de viento caliente, ráfagas placenteras pero de poca duración, de esas que nunca se quedan quietas, de esas que jamás juran a la eternidad.

12 de diciembre de 2007

Sin retorno

¿Qué es? Todavía no lo tengo bien en claro. Por momentos es un sin sabor placentero, un extraño aire nuevo de libertad solitaria. Un respiro frío que se pasea por el interior de mi cuerpo desacostumbrado. Un silencio necesario, un aburrimiento productivo.
Las tardes se tiñen de blanco y mi alma se mimetiza con su sencillez. Adopto la temperatura de la nieve, me pierdo en su inconstante caída semanal. Paso horas hipnotizada con su originalidad, esos copos irrepetibles que cubren la montaña, que pintan la calle de un claro enceguecedor, que congelan mis sentires y esconden las respuestas.
Todavía no sé qué es. Todavía no lo descubro en su totalidad pero, esta vez, no desespero en la búsqueda. Disfruto del paseo con las manos en los bolsillos y una sonrisa inexpresiva.

8 de diciembre de 2007

Una vez más

Una cara conocida. Los ojos marrones y chiquitos de siempre. La sonrisa perfecta. Una cicatriz en la nariz, otra en la palma de la mano derecha. Materializo mi ilusión y veo su sombra. Cuanto daría por volver a enamorarme, cuanto daría por dejarme encontrar, sentir con libertad, proyectar sin limitaciones. Cuanto daría por volver a ser esa nena ingenua y despreocupada que se dormía entre sus brazos apoyada en su pecho.
Ahora soy otra. Una versión adulta de un yo más obsesivo y controlador. La claridad del día me nubla la vista, me congela la sangre y mis sentimientos se pierden en el aire. Las caricias que le regalaba ya no las guardo en el cajón, los besos escasean según las horas y al amor lo entierro en la nieve.

5 de diciembre de 2007

Introspección 24

Me molesta estar estable mental y emocionalmente porque mis escritos carecen de originalidad, no tienen sentido, son aburridos y desgastantes.
Quiero volver a ser problemática, depresiva y enroscada. Bu.

Tiempo

El segundero del despertador amenaza con detonar una bomba dentro de mi cabeza. Sería una imagen morbosa. El resultado de aquella explosión sería una imagen morbosa. Sesos, sangre y huesos desparramados por la habitación de paredes blancas recién pintadas. Desagradable. Desagradable hasta para mi aburrido insomnio. Un pensamiento brutal que sólo podría llegar a tener después de haber mirado El silencio de los inocentes, cosa que no hice porque sé que luego de una no tan grata experiencia como esa, tiendo a imaginar situaciones fuera de lugar.
El segundero sigue dando molestas vueltas, molestas y ruidosas vueltas que corren por un tiempo carente de sentido para mi. Durante estos días, las horas no tienen nombre, los días se pasean por la semana sin orden alguno. La noche comienza cuando me acuesto, la mañana cuando me despierto y decido levantarme. El medio día suele esconderse y no lo encuentro hasta la hora de la merienda que termina juntándose con la cena. La cena es la única hora que lleva nombre. Empieza a las siete y dura cincuenta y cinco minutos exactos. Se lleva a cabo en una mesa redonda, con unos ocho o nueve integrantes silenciosos. El café es mi postre, el café que no es café sino té con leche porque el café me ata a la cama y me obliga a soñar despierta.

2 de diciembre de 2007

Introspección 23

Bueno, llegué. Estoy acá, estoy. No hay nieve pero tengo mi trabajo igual. Tengo mi casa -mi habitación enrealidad porque la casa es compartida-, me falta el gato.