Calló rodando por la ladera de la montaña. Chocó contra una roca y quedó tumbado de espaldas.
Pasó tres horas inconsciente. Tenía un tobillo quebrado, varias costillas fisuradas y una infinidad de rasguños y cortes superficiales.
A sus pies descansaba un perro, un labrador color negro que iba lamiendo sus heridas, una instintiva manera de curarlo.
El hombre sintió aquella áspera y húmeda lengua en su cara y se despertó desconcertado. Los ladridos alegres terminaron de volverlo en sí. Con dolor pudo reincorporarse. Se sentó y no vio nada conocido a su alrededor. El perro estaba acostado a su lado, con la cabeza apoyada en su pierna, mirándolo desde abajo, con esa tranquilidad de quien a hecho bien su trabajo.
“Gracias babu”, susurró, mientras le agradecía el cuidado con unas cuantas caricias en el lomo.
¿Cómo había llegado hasta ahí?¿Qué hacía él, a media tarde, en el medio de una montaña? Lo último que recordaba era haberse subido al auto gris de su jefe y manejar por la ciudad camino a casa. El semáforo había cambiado de color y no le quedo más que esperar para seguir. Alguien le golpeó la ventana y nada, nada más. Blanco, mente en blanco y un despertar mojado en un bosque frío con un perro desconocido.
El cachorro seguía a su lado. Dormía con tanta tranquilidad que no se animó a moverse por miedo a despertarlo.
La noche llegó con prontitud. El viento soplaba con ganas y los árboles no acababan de resguardarlo de esa fresca brisa que amenazaba con quedarse toda la madrugada. No le quedó más que juntar fuerzas y empezar a caminar.
El perro parecía guiarlo o al menos fue eso lo que quiso creer. Siguió entonces el rumbo que esas cuatro patas que le dejaban, deseando con locura ver alguna señal que pudiera reconocer e indicarle donde estaba.
Caminaron durante toda la noche, caminaron hasta que el sol comenzó a calentarlos y les regaló un poco más de energía para seguir.
El guía se detuvo ante el ruido lejano de un auto acercándose. El hombre corrió entusiasmado, anhelando encontrar a alguien que pudiera ayudarlo. El perro no lo siguió. El perro no hacía más que ladrar enajenado. A los saltos retrocedía y se empeñaba por detener con sus alaridos al hombre que cada vez corría con mayor rapidez.
Una frenada y un golpe seco. Una mujer se bajó de su camioneta llorando mientras invocaba a su dios en distintos idiomas. Caminó hacia el cuerpo que descansaba inmóvil en el asfalto. “Señor, señor, ¿me escucha?” Pero el muerto no podía responderle.
El perro apareció por entre los árboles al costado del camino y se subió al auto. La mujer lo siguió. Sin una sola lágrima, arrancó. “Gracias Mike, no lo pudiese haber hecho sin vos”.
Pasó tres horas inconsciente. Tenía un tobillo quebrado, varias costillas fisuradas y una infinidad de rasguños y cortes superficiales.
A sus pies descansaba un perro, un labrador color negro que iba lamiendo sus heridas, una instintiva manera de curarlo.
El hombre sintió aquella áspera y húmeda lengua en su cara y se despertó desconcertado. Los ladridos alegres terminaron de volverlo en sí. Con dolor pudo reincorporarse. Se sentó y no vio nada conocido a su alrededor. El perro estaba acostado a su lado, con la cabeza apoyada en su pierna, mirándolo desde abajo, con esa tranquilidad de quien a hecho bien su trabajo.
“Gracias babu”, susurró, mientras le agradecía el cuidado con unas cuantas caricias en el lomo.
¿Cómo había llegado hasta ahí?¿Qué hacía él, a media tarde, en el medio de una montaña? Lo último que recordaba era haberse subido al auto gris de su jefe y manejar por la ciudad camino a casa. El semáforo había cambiado de color y no le quedo más que esperar para seguir. Alguien le golpeó la ventana y nada, nada más. Blanco, mente en blanco y un despertar mojado en un bosque frío con un perro desconocido.
El cachorro seguía a su lado. Dormía con tanta tranquilidad que no se animó a moverse por miedo a despertarlo.
La noche llegó con prontitud. El viento soplaba con ganas y los árboles no acababan de resguardarlo de esa fresca brisa que amenazaba con quedarse toda la madrugada. No le quedó más que juntar fuerzas y empezar a caminar.
El perro parecía guiarlo o al menos fue eso lo que quiso creer. Siguió entonces el rumbo que esas cuatro patas que le dejaban, deseando con locura ver alguna señal que pudiera reconocer e indicarle donde estaba.
Caminaron durante toda la noche, caminaron hasta que el sol comenzó a calentarlos y les regaló un poco más de energía para seguir.
El guía se detuvo ante el ruido lejano de un auto acercándose. El hombre corrió entusiasmado, anhelando encontrar a alguien que pudiera ayudarlo. El perro no lo siguió. El perro no hacía más que ladrar enajenado. A los saltos retrocedía y se empeñaba por detener con sus alaridos al hombre que cada vez corría con mayor rapidez.
Una frenada y un golpe seco. Una mujer se bajó de su camioneta llorando mientras invocaba a su dios en distintos idiomas. Caminó hacia el cuerpo que descansaba inmóvil en el asfalto. “Señor, señor, ¿me escucha?” Pero el muerto no podía responderle.
El perro apareció por entre los árboles al costado del camino y se subió al auto. La mujer lo siguió. Sin una sola lágrima, arrancó. “Gracias Mike, no lo pudiese haber hecho sin vos”.

