Aviso: A los ajenos, sepán disculpar el grado de sentimentalidad pomposo, el elemento cursi no lo pude evitar porque creo que hoy no tengo otra manera de expresar lo que siento.
Once de la noche en un bar vacío de Avenida Maipú. Llego yo, llegan dos, llega la última y empieza el griterío. Gancia batido -obvio, 10 meses sin tomarlo fue un sufrimiento con cada sorbo de Smirnof Ice- los eternos daikiris y un cuba libre, nueva adquisición en la antigua lista de bebidas -seguro producto de una relación con un macho cabrío-. Dos horas de monólogo, no podía ser de otro modo, fue mucho tiempo y había demasiado para contar.
Tres amores de mi pasado que viven en mi presente y colorean mis días con sus caras hermosas -porque una es más linda que la otra, no sabés con cual quedarte-.
Fue tan lindo volver a verlas y no creo que haya otra manera de decirlo. Fue lindo, tan lindo. Me sentí abrazada, bien recibida, escuchada. Recibí toda esa energía positiva que sólo tus amigas de la vida te pueden regalar. Me enteré de las últimas noticias, de las más viejas que para mi eran nuevas y de sus vidas ajetreadas con novios viejos, con otros nuevos y con potenciales todavía por explotar.
Es tan lindo hablar con ellas -sí, continúo con esa palabra porque la imagino llena de mariposas revoloteando, flores de colores pasteles y letras gomosas de espuma de jabón-. Saben mi historia, me acompañaron durante la tormenta, estuvieron del lado del espectador mientras yo trataba de deducir mis días. Y ahora, sin mucha claridad por delante -un viaje no te da todas las soluciones pero sí te amplía las posibles respuestas-, volvieron a ser parte de mi mundo y me dejaron con la espina del tiempo perdido, de las salidas ausentes, de los cuentos silenciosos y de las lágrimas derramadas que no pude secar. No me importa, no me importa nada. Siguen siendo mis amigas del alma y siempre lo serán. Con agua salada en los ojos, creo que no de tristeza sino de emoción, les digo que las amo con toda mi fuerza y eso nunca va a cambiar. Aún cuando me pierda otra vez en la lejanía, cuando los libros no me dejen respirar y el trabajo me ahogue, siempre me quedarán los sueños, lugar en que guardo los recuerdos y esas tres caras hermosas que nunca me voy a cansar de mirar.

